El valor de la vida | Kenya. Lo que me enseñó Eyoya
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El valor de la vida | Kenya

Hay veces, que por alguna razón conectas con personas concretas.

Yo creo mucho en las energías y le doy mucha importancia a lo que me hacen sentir. No es algo racional. Es algo que aparece sólo a través de conexiones.

Eso es exactamente lo que me ocurrió hace ya 4 años en mi primera vez en Kenia y en el África negra, cuando de lejos vi un niño de unos 3 años con una sudadera atada con cuerdas y sin pantalones que me miraba con cara de curiosidad. Un niño al que hoy veo crecer y convertirse en todo lo el quiere ser.

Os hablo de Eyoya y quiero que conozcáis un poco su historia.

Cuando le conocimos, vivía en una choza de barro y paja de unos 15m2 con su tía Cristin, uno de sus hermanos y otros 9 primos. Fue la primera casa de Chumvi (así se llama el poblado donde vive) en la que entré y la primera bofetada de realidad de tantas que me ha traído mi trabajo.

Lo primero que hice fue preguntar,

«¿Dónde está su madre?»

«Su mamá murió de Sida y por eso ahora vive con su tía»

Ahí estaba él junto a todos los demás, mirando con los ojos muy abiertos y la poca inocencia de un niño al que le han obligado a perderla.

Eyoya ha ido creciendo, va al colegio de Idea Libre en Chumvi y es exageradamente listo. Desde pequeño se le veía, fue de los primeros del grupo en aprender a leer y escribir y suele ir por delante de los demás.

Me encanta observarle cuando está en clase repasando en voz alta para que le mires lo bien que lo hace.

Durante los últimos años todo ha ido fluyendo con relativa normalidad (la normalidad que puedes encontrar en un sitio como Chumvi). Eyoya crece bien y cada día está mejor. Pero hace pocos días todo empezó a cambiar.

«La madre de Eyoya ha vuelto y está muy enferma»

La noticia nos dejó petrificadas, a nosotras y a parte de la comunidad.

No podía creer lo que estaba escuchando y no podía entender lo que significaba. Así que tardamos poco en comenzar a andar y llegar hasta la casa de su hermana, quien hacía lo que podía por cuidarla.

Lo que vieron mis ojos al entrar en aquella casa fue una de las cosas más tristes qué he visto, no por que fuese dura, (que lo era) si no por lo que significaba para mi.

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En un colchón roto tirado en el suelo había una mujer menuda y extremadamente delgada, a un metro de ella estaba él, Eyoya, su hijo, jugando con un hilo negro sin levantar la mirada del suelo.

«¿Cómo te llamas?»

«Pamela»

Pamela tiene 27 años y es muy guapa, aunque ahora mismo no se puede apreciar. Está sentada en el colchón esperando a que pasen las horas y ver hasta donde aguanta su cuerpo. Sólo con mirarla sabes que su vida no ha sido nada fácil.

Lo primero que queremos es entender un poco mejor lo que está sucediendo.

«Pamela, dónde has estado todo este tiempo?»

«Hace 4 años me fui de aquí porque mi marido quería matarme»

«¿Estás enferma? ¿qué te pasa?»

«Tengo Malaria»

Era evidente que Pamela no tenía Malaria. Nosotras lo sabíamos y ella sabía que lo sabíamos, pero aquí hay cosas que siguen siendo tabú y la gente prefiere no decirlas en alto. El Sida sigue siendo un problema que arrastra a millones de familias y del que la gente prefiere no oír hablar.

«Aveces creemos que si hacemos como que algo no existe, desaparece. El problema es que sigue ahí, y sólo lo hacemos más grande»

Nosotras hablábamos y Eyoya seguía jugando con el hilo mientras yo sólo podía pensar en que ojalá no estuviese escuchando esa conversación, aunque claro, cuantas cosas habrá escuchado y visto un niño como él., no puedo ni hacerme una idea.

«¿Pamela dónde están tus hijos?»

Eyoya tiene 2 hermanos y los 2 han estado en Chumvi en algún momento, pero ahora les hemos perdido la pista.

«Uno está con su abuela y el otro en una casa para niños huérfanos».

Fue en este momento cuando Pamela se derrumbó y fue como si el tejado de aquella casa cayera sobre mi. Ella empezó a llorar. Y aunque no tengo ni idea de lo que aquella mujer estaba sintiendo en realidad, me arrastró con ella en aquel dolor tan fuerte.

«Cómo podemos ayudarte?»

«Darme de comer»

Aquello fue lo que nos pidió mientras se limpiaba las lágrimas con la tela que le cubría las finas piernas. Las piernas de una mujer de 32kg que había vuelto a casa para dejarse morir, para morir tranquila porque ya no puede más.

Eyoya seguía mirando al suelo sin hacer ningún gesto a nada de lo que estábamos hablando, era como si no escuchase nada pero todo lo estaba guardando en su memoria.

Me hubiese encantado poder entrar en él para saber lo que estaba sintiendo, aunque en realidad lo se.

Desde que Pamela ha vuelto a casa Eyoya es el primero en salir por la puerta del colegio.

Mamá está en casa y quiere recuperar el tiempo perdido.

Lo que yo no sabía cuando conocí a Pamela, es que es muy común en mujeres como ella el perder la esperanza.

Pamela toma medicación de por vida para mantener al Sida en la linea de salida, una medicación que da el gobierno de Kenia de manera gratuita (aunque no siempre es fácil conseguirla, como todo en este país) y que muchas personas cuando ya no pueden más dejan de tomar o la tiran a la basura porque ya no quieren luchar más.

Eso había hecho Pamela y lo que más podíamos aportarle era esperanza y motivación.

Hacerle entender que tiene muchos motivos por lo que seguir y que ella puede hacerlo, que no está sola y que sólo con el amor, podrá cambiar las cosas.ayudar-a-los-demás-para-dar-valor-al-mundo

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