Un viaje en moto por Durame. De terror a magia| Etiopía

María Fábregas

Eran las 4 de la tarde y parecía que iba a llover.

Estábamos en Durame, una pequeña ciudad del sur de Etiopía, anclada entre varias colinas verdes, de calles de barro y grandes palmerales y plantas de café.

Habíamos pasado el día en casa de David, el hermano mayor de mi amigo Mathewos, y estábamos allí, sentados en el roto sofá de su casa simplemente pasando las horas y charlando.

Era nuestra última tarde en Etiopía durante esta visita a Mathewos y habíamos prometido a sus padres pasar a despedirnos por su casa que estaba en el poblado de Taza, a unos kilómetros de la ciudad.

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Durame – Etiopia

Parecía que iba a empezar a llover así que decidimos salir rápido en busca de motos que nos llevasen hasta Taza antes de que llegase la lluvia.

Anduvimos hasta la calle principal, donde un montón de chavales esperan con sus motos a que alguien necesite transporte. Moverse en moto es una de las formas más habituales, además de la más económica y también, la más peligrosa, tanto en Etiopía como en muchos países de África.

Cogimos una moto cada uno por 1€ (en total) y salimos rumbo a Taza uno detrás de otro cuando… empezó a diluviar.

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Sandra iba delante y Mathewos y yo un poco más atrás justo en el momento de empezar a subir una gran cuesta asfaltada que desemboca en el inicio de los caminos de tierra rumbo a los poblados.

La moto de Mathewos y la mía pararon para resguardarnos de la lluvia pero el conductor que llevaba a Sandra no se dio cuenta y no escuchó nuestros gritos. Siguió su camino.

«Métete ahí y espera»

Me gritó Mathewos mientras volvía a montarse en la moto para ir en su búsqueda.

Entré donde me dijo, un edificio en construcción donde una quincena de hombres, 2 motos y un burro se resguardaban de la lluvia.

No podía creerme lo que estaba pasando. Ninguna de las personas que estaban allí me entendía, porque en esta zona de Etiopía muy poca gente habla Inglés y yo no sé nada de Amhárico y sus 200 dialectos.

Estaba asustada. Todos los hombre me miraban, no dejaba de llover y ni rastro de Mathewos y Sandra.

Yo solo podía pensar en que esperaba que la hubiese encontrado y volviesen pronto a buscarme, porque yo no tenía ni idea de dónde estaba o cómo volver a la ciudad.

Me dije a mí misma: «Ok María, si en 3 minutos no han aparecido, sal de aquí e intenta regresar al punto de partida»

Por suerte no tuve que hacerlo, justo poco antes de salir a andar bajo las pocas gotas de lluvia que quedaban aparecieron corriendo calle abajo Sandra y Mathewos.

Dejó de llover y cogimos nuevas motos que nos llevasen a nuestro destino. Todavía me temblaban los pies de los nervios que había pasado e iba mirando a las otras motos casi cada medio segundo para no perderles.

Poco me duró el susto porque el momento de horror se convirtió pronto en un momento mágico, (como suele pasar en la vida, que todo se transforma) y es que la lluvia había parado, el sol empezaba a caer y el color del cielo y los verdes de la zona envolvían el espacio.

Las familias conviven con los animales dentro de las chozas

Tardamos unos 20 minutos en llegar, entre caminos estrechos rodeados de chozas, niños jugando al fútbol con una bola hecha con telas en una gran explanada que corrían tras las motos, gallinas que se cruzan y mujeres que cargan agua en sus cabezas.

Pasa muchas veces que no sabes por qué, no sabes cómo pero algo se llena dentro de ti en el momento menos esperado.

La casa de Mathewos


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